Llevo unos cuantos días, incluso meses, observando como «periodistas», «opinadores», «todólogos», etc. hablan de alguna cuestión en la que, en castellano, confunden «churras» con «merinas», por ello me voy a permitir una pequeña reflexión sobre dos términos que utilizan indistintamente para explicar cualquier realidad: igualdad y equidad. Mi aporte principal va a ser:
La igualdad ofrece el mismo punto de partida o recurso a todos de manera uniforme, mientras que la equidad ajusta la intervención a las condiciones y necesidades singulares de cada individuo para hacer posible una justicia real y sustantiva.
Me explico
Imagina por un momento que entras en una zapatería. El encargado te mira, sonríe amablemente y te dice: «En esta tienda creemos de forma absoluta en la justicia y el trato idéntico; por eso, hoy a todos los clientes les estamos entregando exactamente un zapato de la talla 40».
Si tienes la suerte de calzar un 40, saldrás encantado de la vida. Pero si calzas un 36, el zapato se te saldrá al caminar. Y si tu pie es del 44, sencillamente ni te entrará. El encargado ha sido impecablemente igualitario: le dio a todo el mundo exactamente lo mismo. Sin embargo, el resultado práctico no solo es inútil, sino profundamente injusto.
Esta escena ilustra la confusión habitual que cometemos en la vida cotidiana y en los debates sociales: usar como sinónimos dos ideas que, en sociología y filosofía moral, significan cosas muy distintas: la igualdad y la equidad.
La igualdad parte de una abstracción: asume que todos somos titulares de la misma dignidad y derechos fundamentales. Es la base de nuestras democracias modernas.
La ley no te pide linaje nobiliario ni apellido para votarte o proteger tu integridad física; ante la norma, todas las personas tienen la misma medida. El problema es que el mundo real no está compuesto por figuras abstractas. La realidad cotidiana está llena de asimetrías de origen: diferencias socioeconómicas, de salud física, entornos familiares desiguales o barreras estructurales.
Aquí es donde interviene la equidad.
La equidad no consiste en repartir a todos la misma porción de pastel, sino en preguntarse quién lleva días sin comer y quién acaba de almorzar. En términos sociológicos, la equidad es el criterio sensible al contexto y a las necesidades. Su propósito no es estandarizar el reparto, sino nivelar el terreno de juego para que el acceso efectivo a las oportunidades sea una realidad.
Para entenderlo con nitidez pedagógica, podemos distinguir tres niveles en los que estos conceptos chocan y se complementan.
El primero es la igualdad formal o de trato. Consiste en aplicar la regla ciega: la misma puerta, el mismo examen, el mismo horario para todo el mundo sin distinción. Suena impecable, salvo cuando alguien se acerca a esa puerta en silla de ruedas y lo único que encuentra es una escalera de veinte peldaños. En ese instante, tratar formalmente a todos por igual deja a una persona fuera del edificio.
El segundo nivel es la equidad como ajuste razonable o acción compensatoria. La equidad reconoce que esa escalera es un obstáculo invisible para la mayoría, pero insalvable para uno. Por tanto, no construye un privilegio caprichoso; instala una rampa. La rampa busca corregir una desventaja no elegida por el individuo para que este alcance el mismo punto de entrada que los demás.
El tercer nivel es el debate entre la igualdad de oportunidades y la igualdad de resultados. Durante décadas se nos ha dicho: «garanticemos que todos salgan desde la misma línea de salida en la carrera de la vida y que gane el mejor». Suena meritocrático y seductor.
Pero sociólogos de la educación como James Coleman evidenciaron hace tiempo la grieta de este planteamiento: colocar a dos jóvenes en la misma línea de meta tras dieciocho años de trayectorias vitales desiguales no es una competencia justa. Uno llega con bibliotecas familiares, alimentación balanceada, estabilidad emocional y profesores particulares; el otro llega cargando responsabilidades laborales tempranas y carencias materiales acumuladas. Decirles «corran a la vez» bajo el principio de igualdad formal consagra, de hecho, el triunfo asegurado del primero.
Karl Marx ya advertía en su crítica al derecho liberal decimonónico que tratar con un rasero idéntico a personas intrínsecamente desiguales en sus circunstancias materiales acaba convirtiendo al derecho igual en un instrumento de desigualdad efectiva. Décadas después, el sociólogo y economista Amartya Sen articuló este problema con una pregunta clave: «¿Igualdad de qué?». Sen demostró que no basta con transferir los mismos recursos económicos o bienes básicos a todos; lo decisivo es observar qué capacidad real tiene cada individuo para transformar esos recursos en una vida plena. Una persona con una dolencia crónica requiere más recursos de salud que una persona sana solo para poder disfrutar del mismo grado de bienestar funcional cotidiano.
Entonces, ¿son enemigas la igualdad y la equidad? En absoluto. La equidad no destruye a la igualdad: es su vehículo práctico. La igualdad representa el horizonte ético innegociable: la convicción compartida de que toda vida humana ostenta idéntico valor. La equidad es la prudencia moral aplicada a los hechos singulares: es el instrumento que modula la acción pública y social para que la igualdad no se quede en un mero catálogo de buenas intenciones sobre un papel.
Tratar a todos por igual cuando las condiciones de inicio son semejantes es un acto de elemental justicia. Pero tratar a todos exactamente igual cuando las condiciones de fondo son abismalmente desiguales no es neutralidad: es una forma sofisticada de perpetuar la desventaja. La próxima vez que alguien apele a una igualdad estricta que ignore las realidades del contexto, recuerda el probador de la zapatería: la verdadera justicia no se alcanza repartiendo el mismo calzado para todos, sino asegurándose de que cada persona reciba el zapato que le permita caminar sin tropezar.
