En una entrada anterior analizábamos la obra de Javier Leiva Bustos. En este momento vamos a adentrarnos en un tema complejo, y por desgracia actual: la deshumanización de las víctimas que constituye la etapa más aterradora de la sociogénesis del mal y la culminación de una cultura de la crueldad. Es el proceso psicológico e institucional mediante el cual se excluye a un grupo de seres humanos de la esfera de obligaciones morales, despojándolos de su dignidad para justificar su maltrato o exterminio.
Según el autor, la deshumanización opera mediante varios mecanismos interconectados:
1. La construcción de la alteridad radical («Nosotros contra Ellos»)
- Dicotomía excluyente: Se establece una barrera cognitiva y social entre el in-group («nosotros») y el out-group («ellos»). Mientras el grupo propio exagera sus semejanzas y se autoconcede virtudes y privilegios, el grupo ajeno es percibido con una homogeneidad estereotipada y negativa.
- La figura del enemigo amenazante: Para afianzar la identidad del grupo dominante, el otro es presentado como una amenaza directa para la supervivencia, la pureza o el orden social. Deja de considerarse un semejante y pasa a verse como un agente perturbador que debe ser neutralizado o erradicado.
2. El lenguaje eufemístico y las metáforas biologizantes
- Metáforas sanitarias y veterinarias: La ideología transforma el exterminio en un imperativo «terapéutico» o de higiene pública. En el nacionalsocialismo, por ejemplo, las víctimas eran calificadas mediante jerga médica y parasitológica como «virus», «gérmenes», «bacterias» o «cáncer» que ponían en riesgo el cuerpo social.
- La «metáfora del jardín»: Citando a Zygmunt Bauman, la ideología actúa como una ingeniería social donde la sociedad se concibe como un jardín. Las víctimas son conceptualizadas como «malas hierbas» que no encajan en el diseño y que, por tanto, es necesario arrancar para mantener el orden artificial.
- Codificación burocrática: Se emplean eufemismos para ocultar la barbarie y convertirla en una rutina administrativa. Las personas son reducidas a «cargamento», «mercancía», «piezas» o «códigos alfanuméricos», anulando todo conflicto moral en los funcionarios y perpetradores.
3. La «Muerte Social» y la degradación sistemática
- Pérdida previa del estatus humano: Como señala James Waller, los asesinatos masivos se facilitan cuando las víctimas ya han sufrido una muerte social a ojos de sus verdugos.
- Círculo vicioso de la degradación: Al someter a las víctimas a condiciones extremas de miseria, hacinamiento, suciedad y despojo de ropa y cabello, se destruye externamente su apariencia física. Paradójicamente, esto refuerza el prejuicio de los perpetradores y guardias, quienes, al ver a las víctimas reducidas a un estado esquelético y agónico, se reafirman en la idea de que «no parecen seres humanos», lo que adormece cualquier resto de empatía o compasión.
4. La preparación del «cadáver viviente»
Recogiendo el análisis de Hannah Arendt sobre el sistema concentracionario, el proceso de aniquilación humana sigue tres pasos:
- Destrucción de la persona jurídica: Privación total de derechos, leyes e instrumentos de protección civil.
- Destrucción de la persona moral: Involucrar a las víctimas en dilemas atroces o «zonas grises», forzándolas a elegir entre males terribles o a colaborar en la administración del propio infierno para sobrevivir.
- Aniquilación de la individualidad: Quebrantar la espontaneidad y la voluntad del individuo, transformándolo en un autómata sumiso.
5. Culpar a la víctima y la creencia en el «Mundo Justo»
- Epílogo de la deshumanización: El proceso se remata atribuyendo la responsabilidad de la desgracia a las propias víctimas.
- Mecanismo psicológico (Melvin Lerner): Apoyado en el sesgo de la «creencia en un mundo justo», la gente tiende a pensar que el universo premia a los buenos y castiga a los malos. Bajo esta premisa racionalizadora, los perpetradores y los espectadores se convencen de que si las víctimas sufren o son perseguidas, «algo habrán hecho» o «se lo han merecido». Esto protege la autoestima del agresor y acalla cualquier remordimiento de conciencia.
6. La aniquilación de la memoria
El nivel definitivo de la deshumanización trasciende la muerte física: busca borrar el rastro de la existencia de las víctimas (los llamados «pozos de olvido» o decretos como Nacht und Nebel). Se les niega el derecho al duelo, a una tumba y a la memoria colectiva, intentando que la historia transcurra como si jamás hubieran poblado la faz de la tierra.
