Como explicaba en una entrada anterior estoy releyendo algunas cosas que dejé para cuando terminase mi vida laboral académica. Acabo de terminar de releer el clásico sobre los partidos políticos de Robert Michels. En este caso voy a hacer un apartado, que tiene que ver con la actualidad que nos invade, en esta bendita tierra llamada España.

Los intelectuales burgueses que desertan de su clase para unirse al socialismo son considerados individuos excepcionales, impulsados por motivos que van desde el amor al prójimo y la compasión, hasta la indignación moral contra la injusticia social y una profunda comprensión teórica de las fuerzas que actúan en la sociedad. Fundamentalmente, los motivos de estos individuos para romper con los privilegios de su entorno y soportar el rechazo social se pueden clasificar en dos grandes categorías: los de carácter lógico o científico y los de carácter emocional o sentimental.

En el primer grupo se encuentra el «hombre de ciencia», cuyo acercamiento al socialismo responde a un idealismo objetivo y a una necesidad intrínseca de coherencia científica. Para estas personas, alinear sus convicciones teóricas con la práctica y la vida política les produce un profundo sentimiento de placer y tranquilidad en su conciencia, lo cual compensa de sobra los daños materiales o la pérdida de prestigio social que sufren al abandonar la burguesía. A veces, esta fuerte motivación racional se combina con una ambición ennoblecida por prestar servicios destacados a la gran causa, diferenciándose claramente de la ambición vulgar de quienes solo buscan escalar posiciones o acumular riquezas.

El segundo grupo está compuesto por personas motivadas por una intensa adhesión sentimental o afectiva hacia el ideal socialista. Por lo general, se trata de personas jóvenes inspiradas por el fervor del neófito, cuyo motor principal es un noble desprecio por la injusticia y un amor inmenso por los más débiles y pobres. Estos individuos encuentran un auténtico deleite en el autosacrificio necesario para la realización de grandes ideas humanitarias. En muchos de estos casos, su entusiasmo se nutre de marcadas sensibilidades estéticas y de una fantasía poética que les permite captar con mucha más intuición y profundidad la magnitud del sufrimiento humano.

A menudo, las convicciones en los intelectuales no son puramente científicas o puramente emocionales, sino una síntesis de sentimiento y ciencia, donde una predisposición emocional y física se consolida a través del estudio riguroso de los problemas sociales. A pesar de poseer estas firmes convicciones, el paso definitivo hacia la afiliación oficial al partido suele requerir un detonante externo, como un caso evidente de injusticia social que despierta una gran indignación colectiva, o alguna experiencia personal que anula por completo sus tendencias egoístas. Otras veces, el ingreso definitivo ocurre por azares del destino, como cuando la prensa burguesa denuncia públicamente a intelectuales que simpatizaban en secreto con el socialismo; al verse acorralados, prefieren reconocer abiertamente sus ideas antes que someterse a una retractación humillante ante su propia clase.

Un caso sociológico particular dentro de la intelectualidad burguesa es el de los intelectuales judíos, cuya masiva adhesión histórica a los liderazgos de los partidos socialistas se explica por las agudas condiciones de exclusión que enfrentan en el mundo burgués. Marginados de las ventajas sociales y de las altas esferas de la administración pública, los intelectuales judíos desarrollan un instinto de rebelión que, sumado a sus fuertes tendencias cosmopolitas, se transforma fácilmente en un impulso revolucionario e idealista contra la injusticia en general, encontrando en el proletariado el refugio y la plataforma para su lucha.

Sin embargo, no todas las motivaciones que acercan a miembros de la burguesía al socialismo son nobles o desinteresadas. Existen filántropos plutócratas movidos por una hipersensibilidad casi neurasténica, a quienes el sufrimiento ajeno les perturba más por su sentido estético que por una verdadera compasión empática. Otros burgueses adinerados son atraídos al movimiento obrero por el puro hastío y la saciedad de su vida opulenta, buscando desesperadamente nuevos placeres y estímulos. Incluso existen individuos acaudalados que, motivados por el miedo a una inminente y sangrienta revolución social, adoptan la fachada socialista con la esperanza ingenua de proteger sus fortunas de la confiscación al ganarse el favor y la amistad de los líderes revolucionarios.

Por último, el socialismo sirve de imán para una categoría de «descontentos profesionales», excéntricos, literatos bohemios, genios incomprendidos y personas guiadas por la envidia o una sed insaciable de poder. Estos individuos, al no lograr el reconocimiento y la autoridad que deseaban dentro de su propia clase o en el Estado burgués, se refugian en el proletariado con la esperanza instintiva de dominar rápidamente, aprovechándose de la menor cultura formal de la clase trabajadora para convertirse en protagonistas, satisfacer su propio ego y alimentar sus aspiraciones de liderazgo.

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