En una de las redes sociales en las que participo me ha llegado un artículo del catedrático de Ciencia Política y Sociología, Xavier Coller, titulado: «Al final del túnel de la deslegitimación política está el fracaso de la democracia». Me he permitido escribir algo sobre el tema. Esto no excluye la lectura del artículo, sólo son mis reflexiones entorno a algo que llevo semanas dándole vueltas
La sensación de hartazgo en nuestras sociedades no es un fenómeno meteorológico (ni es algo que algunos venimos predicando desde hace tiempo); es un síntoma de agotamiento sistémico. El ciudadano medio, asfixiado por un estruendo político que ha sustituido el argumento por la víscera, empieza a intuir que la crispación actual no es una tormenta de verano, sino el sonido de los cimientos crujiendo. ¿Estamos ante una crisis cíclica o presenciamos la demolición controlada de la convivencia? Xavier Coller, catedrático e investigador del grupo Lupak de la UPV/EHU, nos ofrece una radiografía inquietante: la democracia no suele morir entre bayonetas, sino bajo el peso del desprecio cotidiano.
De la discrepancia a la aniquilación: el laberinto del enemigo
En una democracia funcional, el otro es un rival; en una degradada, es un objetivo a abatir. La polarización no es solo un desacuerdo profundo, es un proceso psicológico de deshumanización que altera la gramática del poder. Cuando el oponente deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en una amenaza existencial, el pacto se vuelve imposible porque con el «mal» no se negocia, se le extirpa.
Este desplazamiento semántico es el prólogo de la violencia institucional. Al borrar la frontera de la legitimidad, se despeja el camino para el autoritarismo. Como bien analiza Coller, este proceso anula las reglas del juego compartido:
«En la polarización tú deslegitimas y deshumanizas al contrario y en ese momento lo conviertes en una subespecie. Eso hace que ya no juegues más con él».
El péndulo herido: el adiós a la razón en la era del karma
La historia no avanza en línea recta, sino en un movimiento pendular que hoy nos arrastra hacia una zona de sombras. Tras décadas de hegemonía de los valores de la Ilustración —el imperio de la ciencia, la razón y la solidez institucional—, el péndulo ha iniciado un regreso violento hacia la emotividad irracional. No es un fenómeno local: la ola «ultramega conservadora» que recorre Chile, Colombia, Estados Unidos y parte de Europa evidencia un giro global hacia nuevas espiritualidades, el karma y la peligrosa «ley del más fuerte».
En este retroceso, la pérdida de pensamiento crítico es la primera baja. Cuando la política se rige por el sentimiento y no por el dato, los colectivos más vulnerables quedan desprotegidos. En un mundo donde la fuerza sustituye a la norma, el derecho del débil es el primero en ser sacrificado en el altar del populismo reactivo.
El péndulo herido: el adiós a la razón en la era del karma
Persiste el mito de que las democracias terminan con tanques en la calle. Sin embargo, la lección del periodo de entreguerras y de las actuales autocracias electorales es que el colapso es un proceso de erosión «poquito a poquito». Es un desmantelamiento sutil que comienza con el desapego: el ciudadano que deja de votar, el que apaga las noticias por hastío y el que retira su confianza de las instituciones.
Esta retirada masiva del espacio público crea un vacío de poder que es colonizado por élites sin control social. La deslegitimación no es el final del proceso, sino el túnel que conduce al abismo. Coller es tajante sobre este destino:
«Al final del túnel de la deslegitimación política está el fracaso de la democracia».
La precariedad como combustible: por qué los 35 son los nuevos 18
No hay democracia que resista la ruptura del contrato social con sus jóvenes. No es que la juventud haya «desconectado» por apatía; es que el sistema los ha expulsado de la adultez material. Para alguien de 35 años que aún habita su habitación de la infancia, que encadena empleos precarios y ve la vivienda como un lujo inalcanzable, la política tradicional es un lenguaje muerto.
Esta falta de esperanza es el laboratorio perfecto para los «salvapatrias». El eslogan corto, rápido y antisistema se convierte en un refugio emocional. Negar el cambio climático o atacar el feminismo son peldaños de una escalera que conduce a la erosión democrática: es más fácil comprar un enemigo imaginario que gestionar una realidad que te niega un techo.
La trinchera de los egos y el 15% de la discordia
La política española actual se ha convertido en una guerra de trincheras donde la «cortesía hacia la ciudadanía» ha desaparecido. Es alarmante observar cómo el presidente del Gobierno y el líder de la oposición parecen haber perdido la capacidad de descolgar el teléfono, una traición al mandato de estabilidad que el votante moderado reclama.
Coller pone cifras a esta deriva: aproximadamente el 15% de nuestros parlamentarios ya no ven rivales, sino enemigos (siguiendo la lógica de la Sociología del Conflicto, tarde o temprano entraremos en uno de difícil desescalada). Y al enemigo no se le vence en las urnas para luego convivir; al enemigo se le aniquila y se le aparta mediante el uso de la justicia como arma política (lawfare). En este fuego cruzado de casos de corrupción y ofensivas judiciales, la mayoría social es el daño colateral de una clase política que ha preferido movilizar a su «parroquia» antes que gestionar el país. Estamos al borde de eliminar el disenso consensuado.
¿Muro europeo o biombo de complacencia?
Aunque el entramado institucional de la Unión Europea actúa hoy como una red de seguridad, sería un error confundir un paracaídas con una base sólida. El péndulo de la deslegitimación aún no ha detenido su recorrido y las soluciones – medidas anticorrupción reales y partidos que dejen de ser búnkeres para abrirse a la sociedad – siguen guardadas en un cajón.
La advertencia de Coller es un desafío directo a nuestra pasividad. La democracia se está evaporando ante nuestros ojos, no por un golpe maestro, sino por nuestra propia inacción. ¿Seguiremos observando la erosión desde la barrera del cinismo o estamos dispuestos a exigir que la política recupere la cortesía y el rigor antes de que el péndulo termine su recorrido en la oscuridad? El fracaso no es inevitable, pero el tiempo del espectador se ha terminado.

(Pronto en Youtube el video correspondiente)