Este título y artículo se lo debo a uno de los tertulianos de #DesayunoconmiAmigoMario. Nace de los comentarios que se han hecho al hilo la condena, por primera vez, de un Fiscal General del Reino de Españan, que no del Gobierno, como alguno, algunos intentan capitalizar.
Parece que en España, la vieja costumbre de sentarse a la mesa para discrepar con educación se ha sustituido por un deporte de contacto: la polarización afectiva. Hoy en día, no solo discrepamos sobre impuestos o soberanía; ahora, si usted es de un partido y yo de otro, ya no podemos compartir ni el pan de la mañana.
No es un desacuerdo de ideas, que sería sano y hasta productivo, sino una especie de aversión tribal que hace sospechoso al vecino por el simple color de su bufanda ideológica. ¿Será que hemos confundido el disenso democrático con la declaración de guerra?
El sociólogo Ralf Dahrendorff nos enseñó que el conflicto es un motor de cambio social, una fuerza latente en la estructura. Sin embargo, lo que observamos no es el conflicto racional sobre la distribución de la autoridad, sino una adhesión emocional, casi religiosa, a la propia «tribu». Los datos recientes confirman este crecimiento de la polarización afectiva, donde la hostilidad hacia el «otro» político supera con creces la distancia ideológica real en muchas políticas públicas. Hemos pasado del debate de ideas al conflicto de identidades.
Si bien la Escuela de Salamanca nos recordaba, implícitamente, que existe un orden moral objetivo que cimenta la justicia social y el bien común, hoy esa base parece licuarse.
El principio de la Doctrina Social de la Iglesia sobre la subsidiariedad nos invita a buscar soluciones en los niveles más cercanos, promoviendo cuerpos intermedios que actúen como colchones de disensión constructiva, pero la hipercentralización del debate emocional lo inunda todo.
Esto dificulta la mediación, incluso los canales que podrían llevarla a ella, y el modelo transformativo de Lederach, que busca elevar el conflicto para que las partes entiendan la estructura relacional dañada, pues la identidad se ha fundido con la postura.
Como diría Johan Galtung, el conflicto (visible) se alimenta de actitudes (invisibles) y contradicciones (estructurales). En la España actual, las actitudes de rechazo parecen ser (o son) el motor principal, convirtiendo todo debate en una lucha de bandos.
El riesgo es que, al despreciar al que piensa distinto, socavamos la premisa de que la convivencia es posible, incluso en el disenso consensual propuesto por Julien Freund.
Al final, uno se pregunta si este es el mejor camino para construir la justicia y la paz social.
Cuando la emoción guía el debate, y no la razón, corremos el riesgo de que el «mal de ojo» afectivo nos ciegue. Lo sensato sería recordar que, aunque el camino sea largo, y la barca se mueva mucho, al final, todos queremos llegar al mismo puerto. Y si no, ya sabe, quien tiene boca, equivócase, pero quien tiene retranca, sabe rectificar disimulando, es decir, malo será, o así lo espero.
