A raíz de los acontecimientos últimos donde están apareciendo diversos comentarios, algunos parecen sincronizados como el parte de otras épocas, se me ha ocurrido hablar desde cierta retranca gallega sobre lo que está aconteciendo.

Dicen que el gallego, cuando se le pregunta si va o viene, responde que «depende». Y con la justicia, parece que a muchos les pasa algo parecido: la respetan y la defienden… hasta que la sentencia no les da la razón. ¿Es una institución, o más bien un paraguas que solo abrimos cuando llueve sobre nuestro tejado?

El respeto institucional es la base de la convivencia en un Estado de derecho, sí. Pero la fe en esa justicia, esa es una planta que se riega con mucho más que buenas intenciones y papel sellado.

Sociológicamente, esta desconfianza recurrente remite a lo que Dahrendorff analizaría como una fricción inevitable entre grupos de poder y la distribución de la autoridad. Cuando las decisiones judiciales se perciben como parciales o elitistas, la legitimidad del sistema se erosiona. No es un ataque directo a la ley, sino una sutil, a menudo visceral, puesta en duda de la imparcialidad de quienes la aplican. ¿Será que aún esperamos que la justicia se manifieste con la claridad de una «moura» emergiendo de un castro, en lugar de a través de la densa prosa jurídica?

La tentación de desacreditar a los tribunales es la vía fácil del conflicto destructivo, el que Galtung denominaría «violencia cultural» al minar la confianza en las estructuras que nos unen.

El modelo transformador de mediación, popularizado por autores como Lederach, nos enseña que el camino es opuesto: hay que reconocer la dignidad del otro y de la institución, incluso en el desacuerdo, para poder construir.

La Doctrina Social subraya implícitamente la necesidad de estructuras justas que promuevan el bien común y la subsidiaridad, es decir, que la justicia actúe donde debe y con la máxima probidad.

Poner en duda a la justicia por sistema, solo cuando no nos favorece, es como culpar a la báscula por el peso que marca. Una sociedad robusta, como nos recordaría la Escuela de Salamanca con su énfasis en el derecho natural y la ética, exige una crítica constructiva, no una pataleta de mal perdedor.

La libertad de expresión es fundamental, sí, pero no para desmantelar arbitrariamente lo que protege a todos, sino para mejorarlo.

La próxima vez que escuchemos a alguien despotricar contra una resolución, convendría preguntar con la calma gallega: «¿Y usted qué esperaba, que le saliera gratis el pleito… o que el problema desapareciera con un «con furadiñas, non hai galiñas»?» (Con prisas, no hay gallinas). Porque al final, la justicia, como la vida, no es solo lo que es, sino lo que decimos que es. Y eso, a veces, es lo más difícil de asumir.

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